Intuición moral: cuando menos vidas, valen más

La economía tradicional, en teoría, asume al ser humano como un ser “egoísta”, preocupado únicamente por avanzar sus propios intereses. Sin embargo, en el mundo real este supuesto rápidamente se desmorona. Muchas personas donan su tiempo o dinero a causas humanitarias, y existen grandes organizaciones creadas con el único propósito de ayudar a quienes más lo necesitan.

A pesar de ello, la naturaleza altruista del ser humano es aún poco conocida, y cierta investigación incluso sugiere que puede traer consecuencias indeseables. Miremos el siguiente ejemplo. La imagen debajo muestra una búsqueda rápida en google de “charity advert” (publicidad para captar donaciones). Lo que vemos es un patrón popular en este tipo de publicidad: un retrato grande de una sola persona al lado de un texto – menos llamativo – que pide una donación. No vemos diez, veinte o dos mil personas retratadas, solo una.

Si creemos que ayudar a más personas es preferible que ayudar a menos, los anuncios que piden donaciones deberían enfocarse en enfatizar el número total de víctimas a quienes se podría atender con las donaciones que reciben. La lógica es simple: a más personas necesitadas, mayor sería nuestra disposición a contribuir con la causa. Destacar el caso de una sola persona generaría, racionalmente, menores donaciones y así sería una estrategia ineficiente.

Entonces, ¿los creativos detrás de estas publicidades están haciendo un mal trabajo? De acuerdo a los hallazgos de las ciencias del comportamiento, no exactamente. Diversos experimentos sugieren que, contrario a una lógica racional, la compasión humana parece disminuir cuando el número de víctimas aumenta. (Este efecto surge cuando la persona en la solicitud de donación es identificada, por ejemplo con nombre y fotografía.) Por ejemplo, Kogut y Ritov (2005) separaron a sus participantes en distintos grupos; a algunos se le presentó el caso de un solo niño(a) necesitado, mientras a otros se le presentó el caso de ocho niños(as) a quienes podrían ayudar. La cantidad de dinero donada, como también los sentimientos de angustia que los participantes reportaron, fueron mayores para aquellos que vieron a un solo niño(a) comparado con aquellos que vieron a ocho. Similares resultados se han encontrado comparando a una respecto de dos víctimas (Västfjäll, Slovic, Mayorga y Peters, 2014).

Los anteriores hallazgos se encapsulan bajo lo que ahora se conoce como el singularity effect (efecto singularidad), bajo el cual una sola víctima es la que genera mayor impacto emocional y contribución económica.

¿Qué implica esto? Básicamente, que nuestra capacidad para sentir compasión es limitada y en lugar de aumentar con números crecientes de víctimas, parece disminuir apenas el número es mayor a uno. Ello representa una grave falla de nuestra intuición moral que nos hace, emocional y económicamente, valorar más una sola vida que dos, veinte o miles de vidas necesitadas. En otras palabras, podemos reaccionar ante el sufrimiento ajeno de un individuo, pero a la vez ser indiferentes ante tragedias humanitarias masivas.

Lo anterior no es lejano a lo que vemos en la cotidianeidad. Casos individuales como el del niño sirio Aylan Kurdi, cuyo cuerpo se encontró boca abajo en la orilla de una playa turca en 2015, captaron la atención e indignación mundial. Sin embargo, no sucedió lo mismo con los 14 niños que murieron en el mar Egeo al día siguiente (Slovic, 2015) o los cientos de vidas que se pierden en condiciones similares cada mes. La evidencia discutida sugiere entonces una preocupante tendencia – visible en el mundo real – en la forma en la que nos preocupamos por los demás. Sin embargo, dada su relevancia, el efecto singularidad ha sido puesto a prueba y se han encontrado algunos factores que parecen mitigarlo. Los discutiremos en mi siguiente post.