El fenómeno del abandono escolar, desde una perspectiva de comportamiento.

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En Uruguay, aproximadamente uno de cada tres niños inscriptos en enseñanza secundaria no consigue terminar sus estudios. Para un país acostumbrado a exhibir altos niveles educativos y que en los últimos diez años más que triplicó su gasto en educación por estudiante, quedar algo por encima de los promedios latinoamericanos en enseñanza es un resultado a todas luces pobre.

Varios estudios profundizaron en la causa y naturaleza de esa situación. En particular un hallazgo llamó la atención de los investigadores: la probabilidad de que un adolescente deje sus estudios exhibe dos picos, uno a los 15 años y otro a los 18. Entre los 15 y 18 parece haber un período de relativa calma en términos de abandono escolar. (1)

El patrón de ese proceso resulta llamativo. ¿Por qué el sentimiento de los estudiantes en referencia a su educación tiene una forma de U? ¿Las materias que son enseñadas en los años que se registra más abandono son menos interesantes? ¿Son más difíciles? ¿Que causa que una decisión tan importante y con efectos de largo plazo tan profundos varíe a lo largo de la adolescencia?

Aunque el fenómeno de abandono en secundaria ha sido ampliamente debatido, sus causas aún resultan poco claras. El aumento del gasto en el sistema educativo no parece suficiente para solucionar el problema. A pesar del esfuerzo de los educadores, algunos chicos siguen subestimando los beneficios que obtendrán por estudiar. O al menos no sienten que la recompensa por su esfuerzo quede justificada.

Una abrumadora cantidad de datos demuestra que no es una buena decisión que un adolescente abandone sus estudios. Sin embargo, no basta recordárselos para que cambien su conducta académica.

Varias barreras invisibles surgen y obligan a los estudiantes a enfrentar su frustración golpeteando con una simple y potencialmente peligrosa pregunta: “¿por qué es que estoy haciendo esto?”. No parece suficiente responder “porque es importante”.
Por cierto que estar convencido de algo es una magnífica forma de motivarnos para hacer algo. Sin embargo, al ritmo de la vida estilo “pokemon-go”, el poder del deseo requiere algo de ayuda.

En busca de explicaciones para algunas conductas irracionales, en las últimas décadas del siglo 20, la economía ha incorporado supuestos más realistas provenientes de la psicología al modelar como los hombres tomamos decisiones.
Daniel Kahneman, psicólogo ganador del Premio Nobel de Economía en 2002, y Amos Tversky presentaron en los 70 el primer cuerpo teórico de decisiones económicas formalmente integrado que reconoce que los hombres no siempre pensamos como los teóricos en economía pretenden.

En sus influyentes papers The Framing of Decisions and the Psychology of Choice publicado en 1981, y Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases publicado en 1974, aportaron dos ideas fundacionales : (i) los hombres tenemos una forma peculiar de ponderar las probabilidades objetivas, y (ii) nuestras decisiones son sensibles a las referencias. Estos sesgos resultan suficientemente sistemáticos y consistentes como para que otro par de académicos Richard H. Thaler y Cass Sunstein propusieran una nueva herramienta de política: los nudges, o pequeños empujoncitos. (2) Los nudges son elementos de la arquitectura de decisión que ayudan proporcionando ese último envión en una dirección específica.

Al reconocer que otros factores además de la razón y la motivación están involucrados en nuestras decisiones, y al proponer herramientas para la construcción de políticas, la Economía del Comportamiento ofrece a los hacedores de políticas un nuevo set de herramientas. Aunque con menos actividad académica que en otros campos, algunos estudios han destacado ciertos sesgos de comportamiento que están involucrados en las decisiones de educación.
 
Una breve e incompleta lista incluye: el sesgo del status quo, el sesgo presente, la disonancia cognitiva, la aversión al arrepentimiento y el temor a perderse algo.

Desde 2014, el sitio behavioraleconomics.com publica anualmente una Guía de la Economía comportamental con un buen resumen de los recursos disponibles y el estado general de este campo de conocimiento. La guía 2016 define el sesgo del status quo, también conocido como inercia, como la persistencia de un estado estacionario asociado con la inacción. Se hace evidente cuando las personas pasivamente terminan optando porque las cosas se mantengan, o cuando repiten una decisión previamente tomada. Todos nos sentimos inclinados a mantener nuestras rutinas. El cambio de institución académica durante la vida académica de un estudiante es una invitación implícita para cambiar otros hábitos académicos, y no necesariamente es un cambio para mejor.

El sesgo presente es usualmente presentado con un par de preguntas sencillas que provocan respuestas intrigantes. Ante la pregunta ¿Prefieres una barra de chocolate hoy o dos barras dentro de un mes? o ¿Prefieres una barra de chocolate dentro de un año o dos barras dentro de un año y un mes?, las personas se manifiestan más dispuestas a esperar ese mes extra para duplicar su premio en el futuro más lejano. Este tipo de descuento (también conocido como descuento hiperbólico) no es temporalmente consistente, ni lineal ni ocurre a una tasa constante. En varios estudios con datos robustos se ha probado la prevalencia de este sesgo en edades tempranas, algo que cualquier padre de un adolescente sabe: la ansiedad es la regla con los muchachos.

Otro concepto importante que las Ciencias del Comportamiento han desarrollado es el de la disonancia cognitiva a la cual nos podemos referir como la incómoda tensión que existe entre dos ideas o sentimientos que entran en conflicto. Las personas estamos inclinadas a reducir esa tensión cambiando nuestras creencias o acciones.
Un fumador cede ante pensamientos autocomplacientes del estilo de “muchos de aquellos que fuman consiguen vivir largas vidas, por lo que fumar no debe ser tan malo”. En las mentes de los más jóvenes, las ideas sobre educación navegan en un agitado mar de sentimientos conflictivos aumentando las probabilidades de fenómenos de este tipo.

Finalmente, el sesgo del Miedo a Perderse Algo, parece tener especial relevancia en los adolescentes. Las redes sociales nos permiten estar conectados e interactuando con otros, pero la cantidad de información es mucho mayor a lo que en forma realista podemos absorber. El Miedo a Perderse Algo, refiere a la “insidiosa aprehensión de que otros puedan estar viviendo experiencias gratificantes de las que quedamos ausentes” (3)


Estos sesgos de comportamiento se activan cuando nuestro sistema de toma de decisiones entra en el ámbito del pensamiento rápido. Varios académicos sostienen que tenemos dos sistemas para tomar decisiones, uno es lógico, consciente y controlado, y el otro es rápido inconsciente y automático. Los adolescentes dominan el arte de la “toma de decisiones rápidas”. Es el reino de las heurísticas que vienen junto con sesgos de comportamiento. Nuestro cerebro está cableado para proponer atajos cuando nuestro racional se enfrenta a decisiones difíciles. A veces, estos atajos resultan extremadamente útiles y nos conducen al camino adecuado, pero a veces no.

Nuestro cerebro tiene una especie de librería de reacciones automáticas y cuando un estímulo se presenta demandando una rápida decisión, una de esas heurísticas es liberada. Pero, ¿cuál? ¿huimos o luchamos? Nuestro cerebro recibe “señales” que actúan como liberadores, y las buenas nuevas es que podemos alimentar a nuestro cerebro con las adecuadas. Ahí es cuando los nudges entran en acción. De alguna forma, un nudge brinda una señal para sesgar nuestros sesgos. Un simple recordatorio de cuánto pagamos por electricidad en relación al promedio de otros consumidores termina siendo un incómodo recordatorio de cuanto más verde es el jardín de nuestro vecino, lo que nos mueve hacia una decisión inteligente.

En educación se han realizado algunos experimentos sobre el impacto de sesgos de comportamiento. Dar retroalimentación a los estudiantes sobre su performance, aumentar la visibilidad sobre como contribuyen los estudios para construir un mejor futuro, o sutilmente cambiar las recompensas por aprobar un examen, parecen dar resultados.

En una inteligente y reveladora serie de experimentos, Steven Levitt, John A. List, Susan Neckerman & Sally Sadoff usaron aportes de Economía del Comportamiento al investigar las razones que sustentan los errores de optimización que llevan a algunos estudiantes a una sub-inversión en educación. Los autores encontraron que incentivos financieros y no financieros pueden mejorar significativamente los resultados académicos de los estudiantes.

En esos experimentos los jóvenes fueron convocados para una evaluación regular, pero sin previo aviso, a una parte de ellos se les dijo que una vez terminada la prueba recibirían un incentivo material si obtenían una determinada calificación. El incentivo (dinero o un trofeo) solamente actuaba sobre el esfuerzo aplicado en resolver la prueba. Los conocimientos habían sido adquiridos pero el grupo con la intervención trabajó más duro y obtuvo mejores resultados. También encontraron que demorar la entrega de los premios, hacía desaparecer el efecto, haciendo evidente lo importante que resulta el sesgo presente para los estudiantes.

“Buscar la inmediatez de las recompensas es fundamental en presencia del descuento que tienen, ya que muchos de los beneficios de la inversión en educación vienen con un gran rezago”, concluyeron en su paper. Parece ser una situación en que la oportunidad de las recompensas es más importante que su magnitud.

Como Levitt y sus colegas reportan “Los estudiantes pueden no tener claro los pasos necesarios para mejorar sus logros académicos en las pruebas que tendrán en seis meses. Sin embargo, son capaces de responder efectivamente a incentivos basados en su performance en tareas intermedias como aprender la lección del día, completar su trabajo o enfocarse en los ejercicios preparatorios para las pruebas.” (4)

Nada es mejor que tener un propósito para movilizarnos en busca de conquistar nuestros objetivos. Nada nos impulsa más ni alimenta mejor la resiliencia necesaria para persistir en nuestro esfuerzo hasta alcanzar nuestra meta. Sin embargo, todo largo viaje se compone de pequeños pasos en apariencia poco importantes pero que pueden terminar teniendo fuertes consecuencias. Esas decisiones diarias pueden ser bastante complejas ya que los impactos de largo plazo no son fácilmente predecibles. La urgencia por decidir, impone dificultades al cómputo cuidadoso y racional de los beneficios de cada alternativa, por lo que pedimos ayuda a nuestro pensamiento rápido. Y la ayuda viene, aunque al buscar la sugerencia adecuada, nuestro sistema de toma de decisiones procura señales. Dependiendo de las señales propuestas terminaremos con decisiones diferentes.

Enseñemos a nuestros estudiantes hechos e ideas que mejoran la calidad de sus decisiones racionales. Deberíamos también enseñarles las señales adecuadas que alimenten su “pensamiento rápido” y lo transformen en un aliado cuando enfrentan decisiones académicas. Al menos eso es lo que nuestro lado racional nos sugiere hacer.



(1) En un estudio de Gioia de Melo, Elisa Failache, y Alina Machado titulado “Adolescentes que no asisten a Ciclo Básico: caracterización de su trayectoria académica, condiciones de vida y decisión de abandono” (Serie Documentos de Trabajo INSTITUTO DE ECONOMÍA) son presentadas algunas de las características subyacentes detrás del abandono en enseñanza secundaria de jóvenes adolescentes uruguayos basándose en datos sobre habilidades cognitivas, auto-percepción de habilidades y expectativas futuras de estudio. El estudio puede encontrarse en http://www.iecon.ccee.edu.uy/dt-04-15-adolescentes-que-no-asisten-a-ciclo-basico-caracterizacion-de-su-trayectoria-academica-condiciones-de-vida-y-decision-de-abandono/publicacion/477/es/

(2) Nudge: Improving Decisions about Health, Wealth, and Happiness (Un Pequeño Empujon (Nudge): El Impulso Que Necesitas Para Tomar Las Mejores Decisiones En Salud, Dinero Y Felicidad) es un libro escrito por el Economista Richard H. Thaler de la Universidad de Chicago y el Profesor Cass R. Sunstein de la Harvard Law School. El libro presenta una investigación desde la psicología y la economía comportamental proponiendo una ingeniería activa de la arquitectura de decisiones. http://nudges.org

(3) El sitio Behavioraleconomics.com fue creado por el Dr. Alain Samson (investigador en la London School of Economics) y procura convertirse en la mayor red en línea en ciencias comportamentales. Publica una valiosa guía con artículos, análisis y recursos en esta materia. La guía es una lectura altamente recomendable para ganar una adecuada visión del actual tamaño y estado de la disciplina (https://www.behavioraleconomics.com).
En Latinoamérica Ana María Bianchi y Flávia Avila compilaron una Guía de Economía Comportamental y Experimental donde adicionaron valiosos trabajos y materiales de comportamentalistas braslieños (http://www.economiacomportamental.org), y Emiliano Diaz y Carlo del Valle editaron una Guía de Economía del Comportamiento que en su volumen I se centra en Políticas Públicas y es una referencia obligada en español (http://www.ecomportamiento.org).

(4) En el artículo “The behavioralist goes to school: leveraging behavioral economics to improve educational performance” (http://www.nber.org/papers/w18165.pdf), Steven D. Levitt, John A. List, Susanne Neckermann & Sally Sadoff reportan los resultados de tres tipos de experimentos aplicados sobre 6800 chicos de enseñanza primaria y secundaria. Verificaron los resultados en pruebas de evaluación bajo tres condiciones diferentes: un incentivo de $10 por aprobar, uno de $20 y un premio no financiero (trofeo). Mientras que los grupos de $10 no mostraron una diferencia significativa, aquellos en la condición de $20 y los que recibían un trofeo sí lo hicieron.