La ruleta rusa de lo moral

Un día llega un niño a su casa después de la escuela con un reporte disciplinario por parte de la maestra, el reporte era por haberle robado un set de lápices a uno de sus compañeros. El padre del niño, muy molesto por lo ocurrido, le dice: "Hijo, ¿Por qué has hecho algo así? Yo no te eduqué para que te comportes de esa forma, si te hace falta material dímelo, yo puedo traerte del material que nos dan en la oficina”...

¿Por qué nos es tan difícil ser moralmente congruentes? ¿Por qué tendemos a elegir un beneficio que se opone a nuestros valores? Todos los días nos encontramos con casos donde, a pesar de confiar en nuestro buen juicio, no somos del todo correctos. Esto crea en nosotros, en un inicio, un conflicto entre lo que creemos que es correcto y nuestras acciones finales pero, al paso del tiempo, estos pequeños “fallos” se convierten en algo aceptable e, incluso, en ocasiones, hasta justificado.

Se han realizado diversos estudios de comportamiento para comprender por qué llegamos a este punto donde se pone a prueba nuestra moral frente a un beneficio que la contradiga. Por ejemplo, cuando un médico tiene la opción de dar un tratamiento con dos medicamentos, A o B, el medicamento A ofrece un resultado de mejora más rápido a sus pacientes y a un mejor costo, pero el tratamiento B genera al médico una mayor ganancia debido a un acuerdo con el proveedor (y también ayuda en la recuperación de los pacientes). Los resultados de estos estudios mostraron que las personas mienten poco y en algunas situaciones (viendo que no hay una real consecuencia a las acciones y creyendo que lo que se hace no genera ningún daño), pero al paso del tiempo existe un cambio abrupto y mentir se convierte en algo permanente. A este comportamiento le llamaron en efecto “que demonios” (what the hell effect) donde llega un punto de quiebre que, al no poder ser congruentes todo el tiempo, decimos “qué más da, prefiero disfrutar el momento que preocuparme por todo” y justificamos nuestras acciones. Un buen ejemplo es cuando rompemos una dieta.

Curiosamente, en un estudio realizado por Jonathan Phillips y Fiery Cushman del departamento de psicología de la Universidad de Harvard, se concluye que el cerebro, por defecto, ve a las acciones inmorales como algo imposible de ocurrir.

Para probar esto crearon un experimento donde se les presentaba un escenario en el cual los sujetos se enfrentaban a un problema, por ejemplo, ¿Cómo llegar al aeropuerto tras una avería del automóvil?, luego se les presentaron una serie de posibles soluciones que podían ser inmorales o físicamente imposibles y debían decidir si la solución presentada era viable o no. Para esto se hicieron dos grupos de experimentación; el primer grupo tenía 1.5 segundos para responder, y el segundo grupo debía esperar 1.5 segundos antes de responder.

Los resultados arrojaron que el primer grupo consideraba a la mitad de las acciones como imposibles, mientras que el segundo grupo consideraba a una cuarta parte de ellas como imposibles. Lo que se podría interpretar que cuando la gente tiene tiempo para responder, apelan a un juicio razonado y juzgan lo que es posible o imposible; pero cuando no tienen tiempo para pensar, tienen que confiar en su idea preconcebida sobre lo que es o no posible.

Así que, a pesar de pensar de que la moral es producto de un ejercicio intelectual, más bien es un acto subconsciente que nos ayuda a dar sentido a nuestros instintos.

Y todo esto ¿Qué quiere decir? A pesar de que nuestro cerebro ve los actos inmorales como algo imposible, ¿Por qué tendemos a cruzar “fácilmente” la línea de lo moral y actuar en contra de nuestras creencias? Todo parece indicar que las mentiras son parte de nuestra evolución social, como individuos que formamos parte de un grupo, el cual está determinado por jerarquías y estándares, tenemos una lucha constante para posicionarnos como personas de mayor calidad para el grupo, lo que en ocasiones nos obliga mentir. Por ejemplo, si vamos a una cita amorosa tendemos a “exagerar” quiénes somos y qué hacemos para crear una mejor impresión (obtener un beneficio) y, a medida que vamos exagerando, nuestro cerebro ve esa acción como algo normal y justificamos lo que hacemos. Lo mismo ocurre cuando declaramos impuestos, llenamos un formulario, damos nuestros datos a alguien, tomamos algo “prestado”, etc.

Esta conducta se transmite dentro del grupo por lo que no sólo hace al mentir algo común, sino como algo que se puede incrementar al observar el mismo comportamiento en todos los que están alrededor, provocando que veamos a las pequeñas acciones incorrectas sólo como eso, pequeños errores, lo que se se va convirtiendo en una afirmación dentro de nuestro cerebro de que eso es lo correcto.

Estos “pequeños” errores pareciera que no generan un mayor problema, pero si esta conducta se acumula en las personas y más personas lo hacen, da a entender que esas acciones son socialmente correctas afectando desde nuestro círculo más íntimo, instituciones, líderes, políticos y hasta una población entera.

¿Existe algún remedio? En su libro: Por qué mentimos, Dan Ariely comenta que para poder corregir estas acciones debemos apelar a la teoría de la ventana rota, la cual sugiere que si en un vecindario existe una casa con algunas ventanas rotas, la gente tendrá la tentación de romper más ventanas y dañar más la casa (“que demonios ya estaba en malas condiciones”), pero si se repara de inmediato provocará que la gente ya no tienda a querer volver a dañarla. Es decir, si logramos corregir desde un principio las pequeñas malas acciones dentro del grupo, se puede prevenir que en un futuro éstas vuelvan a ocurrir. Y así mismo como se propaga el virus de lo inmoral dentro del grupo como algo aceptable, es necesario propagar las buenas acciones como un beneficio real para la sociedad y castigar a quienes no cumplen con estas normas por más pequeños que sean sus faltas.