La ética en la sala de juntas

Una persona se enfrenta a la rutinaria tarea de renovar el seguro de su auto para lo que debe informar la cantidad de kilómetros recorridos el año anterior. El valor de su póliza dependerá de la cantidad de kilómetros informado. Al hacer su declaración nota diferencias en su formulario, el lugar para la firma fue movido al comienzo del mismo(1).

Un estudiante debe realizar una serie de simples ejercicios matemáticos. Al finalizar el tiempo estipulado, el profesor reparte la solución y los estudiantes deben informar en una nueva hoja la cantidad de respuestas correctas, recibiendo un pequeño estímulo económico por cada acierto. Curiosamente, antes de iniciar la prueba le fue pedido que escribiera cuáles de los 10 mandamientos que figuran en el antiguo testamento recuerda.(2)

Las anteriores son solamente dos de un amplio conjunto de investigaciones que presentan evidencia sobre cómo, aún en el plano ético, pequeñas intervenciones en el contexto de una decisión pueden tener un impacto relevante en el resultado de las mismas. Aquellos individuos que firmaron antes de declarar su kilometraje y aquellos que fueron forzados a recordar un conjunto de principios éticos antes de encarar una tarea, fueron más propensos a desempeñarse siguiendo conductas éticas.

No cabe duda que nuestras ideas filosóficas sobre el bien y el mal, y nuestros principios morales sobre las conductas pro-sociales alimentan y nortean nuestro comportamiento ético. Sin embargo, tampoco hay dudas con respecto al rol que juega el contexto de una decisión para activar dichas conductas.

Los trabajos de Daniel Kahneman y Amos Tversky sobre el sistema dual de decisiones, expuestos brillantemente por Daniel Kahneman en su libro Pensar rápido Pensar despacio, compatibilizan nuestro ser racional con nuestra dimensión intuitiva. Ese modelo nos da un formidable marco de trabajo para mejorar la calidad de las decisiones que tomamos diariamente, como lo atestigua el trabajo iniciado por Richard Thaler y Cass Sunstein en su libro Nudge, mejorando las decisiones sobre salud, riqueza y felicidad.

Las decisiones que involucran dilemas éticos no escapan de dicho marco teórico. No contamos con un sistema decisorio específico cuando nos enfrentamos a decisiones que involucran dilemas éticos. Evaluamos estas decisiones activando el mismo herramental disponible en nuestro Sistema 1 y Sistema 2 que usamos para decisiones diarias y banales.

En 2008, Nina Mazar, On Amir y Dan Ariely intentando averiguar por qué a veces personas honestas quedamos envueltas en conductas deshonestas, propusieron un modelo interpretativo que llamaron “Teoría del mantenimiento de la auto-imagen”(3). Según ellos, las personas tenemos un sistema de recompensas internas que se debate entre dos motivaciones competitivas: obtener beneficios personales por hacer trampa, y mantener nuestra auto-imagen de honestidad.

De acuerdo con su teoría, las personas estamos dispuestas a aceptar un cierto nivel de conductas deshonestas, en la medida que consigamos re-escribir la situación manteniendo suficientemente íntegra nuestra auto-imagen.

Basados en este modelo, los autores plantean tres hipótesis para las que presentan evidencia: (H1) la deshonestidad es mayor en la medida que la atención que brindamos a determinados “estándares” de honestidad es menor, (H2) la deshonestidad es mayor en la medida en que las categorías envueltas en su evaluación sean más maleables, (H3) dada la oportunidad de ser deshonestos, las personas lo somos hasta el punto en el cual no debamos adaptar nuestras creencias sobre nosotros mismos.

El trabajo brinda elementos para viabilizar intervenciones en el contexto de una decisión que faciliten la adhesión a conductas éticas.

¿Pueden las corporaciones beneficiarse de este herramental para promover conductas éticas en sus ejecutivos?

En un reciente paper de Todd Haugh, publicado en la American Business Law Journal (4), el autor sugiere una simple pero efectiva taxonomía con referencia a las prácticas corporativas basadas en desarrollos de las ciencias comportamentales en la búsqueda por “nudgear” a sus funcionarios hacia conductas éticas.

En su trabajo, Haugh ofrece una extensa revisión y discusión sobre la dimensión ética de aplicar nudges privados para promover actitudes éticas. De la misma deriva tres grupos de iniciativas según el grado de intrusión de las mismas.

Llama al primer grupo de iniciativas “nudges deliberativos”. Este grupo toma ventaja de la primer hipótesis de la Teoría del mantenimiento de la auto-imagen: aumentar la atención a los “estándares” de honestidad hace crecer la probabilidad de que las personas se embarquen en conductas éticas. El ejemplo más típico de este tipo de intervenciones es el requerimiento que algunas empresas hacen a sus ejecutivos, de leer en voz alta el código de ética antes de tomar decisiones que potencialmente impliquen un conflicto de compliance ético.

Variaciones de estas prácticas han involucrado el uso de técnicas de big data y machine learning para generar modelos predictivos que anticipen con más eficiencia este tipo de situaciones. De esa forma se mejora la oportunidad en la que se deben activar recordatorios sobre los principios éticos a ser seguidos.

Un segundo grupo de iniciativas está compuesto por aquellas que procuran activar heurísticas con poder suficiente como para alterar el curso de una decisión. En la línea de modificar el lugar de la firma en un formulario, algunas compañías han generado cambios en las rutinas de interacción social provocando aumentos en las instancias de socialización basándose en evidencia que indica que una más amplia interacción social promueve conductas éticas.

Finalmente, un tercer grupo de iniciativas a las que Haugh caracteriza como las más intrusivas, apuntan al uso de técnicas de “priming”, activando de forma no evidente para los funcionarios, mecanismos grabados en su subconsciente que despiertan muchas veces respuestas emocionales poderosas. Varias investigaciones han demostrado como imágenes de otras personas mirándonos provocan una sensación de que estamos siendo vigilados e inhiben y fomentan en nosotros algunas actitudes.

La discusión de las implicancias éticas asociadas a la práctica del diseño de opciones es abundante en la literatura comportamental. Francesca Gino ofrece un conjunto de reflexiones y consejos prácticos para los arquitectos de opciones en un reciente artículo de la Harvard Business Review (5) y recuerda los tres principios guía sugeridos por Thaler y Sunstein: (a) ser transparentes y evitar los engaños, (b) crear intervenciones que sean fácilmente evitables y (c) estar motivados por la más férrea convicción de que la intervención mejorara el bienestar.

Pero, ¿es posible crear intervenciones éticas y a la vez efectivas que conduzcan a los empleados de una corporación a no involucrarse en conductas deshonestas?

La respuesta es sí.

Por cierto que no es una tarea fácil ni se trata de un camino lineal, pero sin duda las compañías privadas pueden utilizar los desarrollos de la economía comportamental para promover las conductas correctas.

Pero al igual que en cualquier emprendimiento nudge, la primera pregunta a realizar es: ¿cuál es el mapa de incentivos que rodea una decisión?.

De nada servirá un diseño cuidadoso e inteligente de nudges éticos frente a un sistema de remuneración variable torpe y burro.

La discusión sobre la ética envuelta en los comportamientos de los ejecutivos de una corporación va indisolublemente ligada a una sincera reflexión sobre cuáles son las situaciones qué celebraremos como un éxito.

 

(1)  Signing at the beginning makes ethics salient and decreases dishonest self-reports in comparison to signing at the end. Lisa L. Shu, Nina Mazar, Francesca Gino, Dan Ariely, and  Max H. Bazerman

(2)  Predictably Irrational: The Hidden Forces That Shape Our Decisions. Dan Ariely

(3)  The Dishonesty of Honest People: A Theory of Self-Concept Maintenance. Nina Mazar, On Amir, And Dan Ariely

(4)  Nudging Corporate Compliance Todd Haugh

(5)  Uber Shows How Not to Apply Behavioral Economics. Francesca Gino

Gabriel InchaustiComment