El azúcar en México

Se lleva debatiendo desde hace algún tiempo en España el tema de los impuestos a las bebidas azucaradas. A finales del año pasado el Ministro de Hacienda dejaba caer la posibilidad de incluir este tipo de impuestos, con un revuelo relativo. Sin embargo, y paradójicamente, ha sido el gobierno regional de Cataluña quien ha sido el primero en poner este impuesto.

Ante esta situación cabe preguntarse la eficacia de este tipo de medidas. Lo cierto es que antes cabe preguntarse cuál es el objetivo: ¿incrementar la recaudación o cambiar el comportamiento de los ciudadanos por unos más sanos?

La gente del Behavioural Insight Team ya hicieron un análisis al respecto (http://www.behaviouralinsights.co.uk/health/behaviour-change-and-the-new-sugar-tax/ )en el que de alguna manera vienen a decir que el impuesto tiene efecto pero limitado, sobre todo, por la visibilidad que este tenga.

Es difícil ver cómo un ciudadano, cuando va al supermercado o a un bar, va a notar un incremento en este tipo de productos. No somos especialmente conscientes y cuando se pase el efecto de la publicidad al respecto puede que la gente ni se acuerde. En este sentido, a la hora de recaudar es una buena medida pero no para cambiar el comportamiento.

El mismo equipo del BIT habla de que el efecto es mayor si el impuesto es visible y se dice, por ejemplo, en el etiquetado.  Otra opción sería hacer un impuesto tan alto que lo que fuera notable fuera el hecho de que existe un impuesto sobre esos productos. Algo que también se puede hacer evidente si los productos están cerca de sus alternativas sin azúcar (zero, light, diet…).

Esto nos lleva a poner el foco de nuevo en el contexto. ¿Habrían formas diferentes? Pues lo cierto es que, desde mi punto de vista hay formas más eficaces de cambiar el comportamiento desde el contexto de la decisión. La misma forma en la que los británicos han incluido un semáforo alimentario – en el que dependiendo de la cantidad de azúcares, grasas, sal… tenemos un indicador en verde, ámbar o rojo. De esta manera estas visibilizando que es un producto que no es sano y, así, condicionando la compra.

Fuente: NHS

Otras formas en la misma línea es la de traducir la cantidad de azúcar, actualmente sólo en gramos, a una unidad más tangible, por ejemplo, terrones de azúcar (algo que ya hace la web sinazucar.org).

Sin embargo, estas opciones tienen un enfoque eficaz para la compra en el supermercado. Pero cuando vamos a bares y restaurantes, pocas veces vemos el packaging, y si lo vemos es cuando ya lo hemos pedido. Hay otras opciones, más complejas de implementar o controlar, como puede ser un semáforo en la carta o la reducción de los tamaños comercializables – parecen exagerados los tamaños más grandes de algunos países.

Todos son aspectos complicados por las implicaciones que tienen a nivel político y de relaciones con la industria alimentaria. Sin embargo, debe prevalecer la protección y la salud del ciudadano.

La última pregunta que me queda es que, si llegáramos a poder implementar algunas o todas estas medidas que he comentado, ¿hasta qué punto serían duraderas? Una vez nos acostumbramos a algunos estímulos pueden obviarse. ¿Cuál es la medida definitiva para reducir el consumo de bebidas azucaradas u otros productos que pueden dañar la salud?