Dime con quién andas y te diré quién eres (o qué tanto mientes)

Seamos sinceros, ¿cuántos de nosotros hemos mentido al menos una vez en lo que va del 2017? ¿Y cuántos igual nos consideramos personas honestas? Presumo que, en muchos casos, la respuesta es afirmativa para las dos preguntas.

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Según Dan Ariely, psicólogo de la Universidad de Duke, mientras nuestra deshonestidad sea “pequeña” – por ejemplo poco frecuente o de una magnitud leve – nos permitimos mantener la imagen impoluta que tenemos de nosotros mismos. Es decir, mintiendo “solo un poco” podemos seguir mirándonos al espejo y pensar en lo “honestos y maravillosos” que somos.

Y vaya que la mentira “pequeña” es popular. A través de simples experimentos con más de 40 mil participantes, el equipo de investigación de Ariely descubrió que alrededor de 28 mil (casi el 70%) eligió mentir – al menos un poco – con el fin de tener algún beneficio personal. En estos casos, el fin fue llevarse más dinero del experimentador al auto-reportar un desempeño personal superior al que en realidad tuvieron, en una actividad pagada y no supervisada.

Cada participante pudo haber pensado que su pequeña mentira no dañó a nadie, pues él o ella solo se llevó uno o dos dólares “extras”. Sin embargo, de forma agregada, el precio de la mentira queda claro: entre los 28 mil mentirosos, se llevaron (robaron) más de 50,000 dólares americanos.

Para Ariely, este hallazgo es un claro reflejo de la sociedad en la que vivimos. Una sociedad en la que existen montones de mentirosos “pequeños” capaces de hacer un poco de trampa para conseguir un beneficio personal (cof cof, corrupción). El grave problema es que, al ser tantos, en conjunto generan un impacto económico y/o social devastador.

Ahora bien, ¿qué puede predecir que alguien mienta? Aunque estudios previos se han fijado en aspectos como la personalidad de los individuos, Heather Mann y colaboradores investigaron el papel de las relaciones sociales en nuestra proclividad a mentir. Ello nos lleva a la siguiente pregunta: ¿será cierto el viejo dicho: “Dime con quién andas, y te diré quién eres”? La ciencia parece haberlo comprobado en este caso.

Mann y su equipo reclutaron una muestra internacional de participantes, a los cuales se les hizo una serie de preguntas como: “¿Qué tan probable es que usted le diga a un oficial de policía que estaba acelerando debido a una emergencia, cuando no hay una emergencia real? En distintos tipos de mentiras, se halló una relación predictiva entre las respuestas de personas que tenían alguna relación social (hermanos, esposos, amigos). En otras palabras, los resultados indicaron que las tendencias a mentir de una persona podían predecirse por las tendencias a mentir de su familia o amigos (Mann et. al, 2014). Sorprendente, pero cierto.

Cabe resaltar que, al tratarse de un estudio no experimental, no se puede hablar de causalidad sino de correlación. En ese sentido, no podemos afirmar de forma concluyente que, por ejemplo, tener amigos más (o menos) mentirosos te hará más (o menos) mentiroso. De hecho, podría ser lo opuesto: que las personas mentirosas (u honestas) suelen escoger amigos parecidos a ellos. En este último caso, valdría la pena ajustar el dicho a “Dime quién eres y te diré con quién andarás” o, mejor aún reemplazarlo por: “Dios los cría y ellos se juntan”.