BEHAVIOURAL SCIENCE Y MODERNIZACIÓN JURÍDICA

El derecho en México pasa por una crisis de profesionalidad. Es un hecho que nuestro país no se distingue por sus juristas: lo dice un abogado. La consolidación de la abogacía como una profesión de improvisaciones, aunada a la proliferación de universidades de baja calidad, ha envuelto a la ciencia jurídica en descredito.

 

Los abogados más encumbrados promueven la colegiación obligatoria como solución a la crisis. Presuntamente, el que los propios abogados controlen el acceso a la profesión garantizaría su propia competencia. Sobra decir que no queda muy clara la relación entre el problema (baja profesionalidad) y el tratamiento (autorreplicación de integrantes… con baja profesionalidad).

 

El hecho es que, pésele a quien le pese, el derecho sigue siendo una profesión anecdótica. Los métodos cuantitativos son casi desconocidos entre los abogados y la opinión jurídica sigue siendo el estándar de excelencia. Lo más preocupante es que, salvo por algunas excepciones, a muy pocos abogados parecería importarles nuestra premodernidad.

 

Mientras otras profesiones han experimentado una transformación empírica en el último siglo, el carácter científico de la ciencia jurídica ha avanzado muy poco. Por alguna extraña razón, en México se sigue diciendo con orgullo que los abogados “se forman en la calle”.

 

Desde mi perspectiva, la revolución en la Ciencia del Comportamiento (Behavioral Science) es una oportunidad imperdible para profesionalizar el Derecho. La dupla entre un entendimiento más profundo del comportamiento humano y la inclusión sistemática de estándares de empíricos es una oportunidad inmejorable. Por aquí me concentraré en el segundo de estos elementos. 

 

Sirva de ejemplo el caso de la medicina, a partir de lo desarrollado por James Greiner, el titular de la cátedra William Henry Bloomberg de la Harvard Law School. Contario a lo que podríamos pensar, hace 100 años, la medicina y el derecho no se encontraban en posiciones disimilares: ambas dependían de conocimiento experto, contaban con autonomía técnica, se orientaban al servicio público y los integrantes de ambas profesiones contaban posición social alta.

 

Los últimos 80 años, sin embargo, marcaron un viraje profundo en el caso de la medicina. Sin colegiación obligatoria o clausura de universidades inadecuadas, el uso sistemático de Pruebas Controladas Aleatorizadas (Randomized Controlled Trials, RCT) transformó y profesionalizó el ejercicio médico. En 1931 se tiene registro del primer uso de la aleatorización en estudios médicos. Hoy este tipo de métodos empíricos son un soporte esencial y, en algunos casos, un requisito legal para la operación de la medicina.

 

Lo anterior, sin embargo, no es lo más sorprendente. Lo asombroso es que, tan sólo dos años después, la ciencia jurídica hizo lo propio – en 1933, el derecho avanzaba a la par de la medicina en la exploración de los Pruebas Aleatorizadas. A nadie sorprenderá, empero, el que los resultados han sido dispares: mientras que la medicina se ha convertido en una ciencia plena, el derecho sigue resistiéndose a su modernización.

 

Y el problema es que, más allá de la corazonada encumbrada, qué es lo que los abogados realmente conocemos sobre la eficacia de nuestra profesión: ¿Qué efecto tienen los métodos alternativos de solución de controversias? ¿Qué sabemos sobre las medidas precautorias para prevenir la violencia doméstica? ¿Es realmente superior la evaluación de un juez a una asignación arbitraria? ¿Qué incidencia tiene la transparencia en la rendición de cuentas?... basta un poco de humildad para darnos cuenta del abismo que tenemos frente.

 

El reclamo –es importante decirlo– no es que un algoritmo sustituya a los abogados, sino que los métodos empíricos nutran sistemáticamente las decisiones jurídicas. Estoy convencido de que la nueva Ciencia del Comportamiento, potencializada por las Pruebas Controladas Aleatorizadas, podrían ser una herramienta extraordinaria para rediseñar el derecho.

 

 

Alejandro NoriegaComment