Lo que la Economía Experimental y el Consumo Colaborativo nos Enseñan sobre la Confianza

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¿Quién no ha confiado/desconfiado por lo menos una vez en su vida? En realidad, es un proceso por el que pasamos cada vez que enfrentamos una toma de decisión que implica cierta incertidumbre en el resultado esperado. Tener confianza implica creer (o tener fe) a ciegas en alguien o algo, y a su vez, es el requisito mínimo para crear casi cualquier tipo de relación. Pero confiar también implica un alto costo cuando ésta no se pone en el lugar correcto. Por ejemplo, el riesgo de alquilar un cuarto en Airbnb es que una vez que llegue al cuarto, me encuentre con algo completamente distinto a lo que me ofrecieron, sea una completa estafa e inclusive, me termine pasando algo grave como un asalto.  Esto claramente repercutirá en mis decisiones a futuro tanto sobre el host como la compañía, generando alejamiento y desuso porque en primera instancia, perdieron mi confianza.

Otra pregunta que podemos realizar es entender ¿por qué desconfiamos? y ¿qué ha tenido que suceder para que surja esta desconfianza?. Variables que han probado moldear nuestro nivel de confianza son el sexo, la religión, y la etnicidad. Y es que en estudios previos encuentran que las mujeres, las personas religiosas, y personas de similar etnicidad son los que más confían (Johnson y Mislin, 2011).  Asimismo, McAleer et al (2014) encuentra inclusive que el tono de voz puede afectar la percepción de confiabilidad.

Bajo el análisis de la economía del comportamiento; en primer lugar, la confianza y la reciprocidad es una norma social que involucra cierto intercambio entre agentes, no necesariamente económico. Por eso es tan estudiado, dentro de la economía del comportamiento, entender qué motiva a las persona a dar y devolver cuando no hay un esquema de incentivos detrás, sino de simple humanidad. Asimismo, los individuos toman decisiones no solo de manera individual sino también grupal, basándose en sus propias afiliaciones de grupo o simpatía hacia algunos más que a otros. Por otro lado,  somos seres sensibles al entorno que nos rodea: basamos nuestras decisiones en hechos que vienen primero a nuestra mente (sesgo de disponibilidad) y recordamos de manera más inmediata las pérdidas que las ganancias (sesgo de afecto), pues es altamente probable que lo que asociemos a bajos niveles de confianza sea debido a altos recuerdos de malas experiencias. Además también somos altamente bombardeados por cómo se moldea la información que nos llega (contexto y anclaje), haciendo que finalmente nuestra decisiones sean producto de esta serie de información previa pero sesgada que no necesariamente reflejen nuestra propia valorización de confianza.

Desde hace ya varias décadas que la confianza ha sido foco de estudio dentro de la economía  y psicología para analizar las relaciones entre individuos, firmas, gobiernos, y más. Por ejemplo, Gregg y Kosfeld (2006), indican que señalizar a los participantes con un agente que controla sus decisiones hace que el performance se encuentre altamente relacionado con ésta. Y el resultado fue que hacer que un Agente A controle las decisiones del Agente B, impacte en que este último Agente confíe menos en el Agente A, pues al controlar sus decisiones es una señal de desconfianza y una limitación de su propia autonomía. Esto podría verse explicado en el mejor ejemplo del consumo colaborativo: Airbnb. Ellos nos abren las puertas a sus hogares, confían en que no lo destruiremos, y esto repercute en nuestras acciones actuando apropiadamente a modo de respeto y reciprocidad por acogernos.

Asimismo, a nivel latinoamericano, el uso de la economía experimental ha ido encontrando interesantes resultados que explican un poco más sobre cómo confiamos. Tal es el caso del estudio realizado por Cárdenas, Chong, y Ñopo (2008), donde los autores encuentran que los latinoamericanos tratamos de confiar, pero hay ciertos países que lo hacen en mayor magnitud que otros. Ellos realizaron un experimento en el 2007 con 3,100 personas de distintas ciudades de Latino América (Bogotá, Buenos Aires, Caracas, Lima, Montevideo, y San José) a las cuales se les ofreció participar en una sesión experimental que buscaba medir su nivel de confianza, reciprocidad y aversión al riesgo tanto de manera individual como grupal.

A nivel de individuo, lo que encuentran es que Bogotá fue la ciudad con menos confianza dentro del pool de ciudades en estudio. El dinero promedio que daban los participantes era menor relativo a las demás ciudades y habían más casos en el que decidían quedarse con el dinero inicial que se les daba para jugar (en vez de invertirlo en la partida. En el otro extremo, Lima mostró la oferta promedio más alta de envío de dinero. A nivel grupal, Caracas obtuvo la mayor participación conjunta (47.3%) y Bogotá la menor (12.3%). Las demás ciudades obtuvieron patrones similares (aproximadamente 1 de cada 4 participantes contribuyeron en el juego de los bienes públicos en sus ciudades).

Entonces, ¿hasta ahora qué conocemos sobre la confianza?  Pues la teoría neoclásica considera que confiar en extraños es irracional, ¡pero nuestro comportamiento dice algo completamente contradictorio! Hoy en día confiamos más, y es algo observable desde que compartimos un Uberpool con completos extraños,  o nos hospedamos en casas de desconocidos en cualquier parte del mundo (apenas y podemos ver sus fotos en el perfil Airbnb). De la misma manera, tal y como el experimento de Cárdenas y colegas encuentran, los latinoamericanos estamos – a distintos niveles – dispuestos a contribuir y generar ese vínculo de confianza y reciprocidad. Por eso es importante aprender, entender, e investigar acerca de las variables que afectan nuestra toma de decisiones ya que será clave para el desarrollo económico y social.

 

Referencias

Cárdenas, J. C., Chong, A., Ñopo, H., Horowitz, A. W., & Lederman, D. (2009). To what extent do latin americans trust, reciprocate, and cooperate? evidence from experiments in six latin american countries [with comments]. Economia, 9(2), 45-94.

Evans A., & Krueger J. (2009). Why Psychology (and Economics) of Trust. Social and Personality Psychology Compass.

Gregg, F., & Kosfeld, M. (2006). The hidden costs of control. The American economic review, 96(5), 1611-1630.

Johnson, N. D., & Mislin, A. A. (2011). Trust games: A meta-analysis. Journal of Economic Psychology, 32(5), 865-889.

McAleer, P., Todorov, A., & Belin, P. (2014). How do you say ‘Hello’? Personality impressions from brief novel voices. PloS one, 9(3), e90779.

Gabriella Wong Comment